ACEPTÁNDOME A TRAVÉS DEL OTRO: EL EFECTO ESPEJO

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lo que vemos en los otros

¿Te ha pasado alguna vez que en una conversación con una persona, ésta comienza a subir el tono de voz y finalmente te das cuenta que tú también lo has subido? Al final te encuentras con dos personas gritándose la una a la otra y todos los ojos alrededor de ellas (en el caso de que los haya) clavados en esas dos personas, escuchando irremediablemente la conversación.

Pero ¿qué es lo que ha pasado para que tú hayas llegado a ese punto de ponerte a gritar a tu interlocutor? Porque seguramente que la conversación comenzó con un tono de voz normal y en un momento determinado tu cuerpo empezó a enviarte unas señales que no captaste, como aumento de temperatura, sudor en las manos, aumento de la presión sanguínea en la cabeza, aumento del latido de tu corazón, presión en la boca del estómago… o cualquier otro leve síntoma que seguramente haya pasado desapercibido para ti. Cosa totalmente normal ya que no estamos nada acostumbrados a escuchar y muchos menos a prestar atención y cuestionarnos esas señales que recibimos de nuestro querido cuerpo físico.

Casi al mismo tiempo que experimentamos esos síntomas, nuestra mente comienza a enfurecerse y a pensar cosas como “pero este qué se ha creído”, “no tiene ninguna razón”, “me está gritando”, “no lo soporto más”…. Y para asegurarnos que nos escucha, levantamos nuestro tono de voz por encima del de la persona con la que estamos “hablando”. Y poco a poco entre uno y otro, lo que empieza como una conversación civilizada entre dos personas, se convierte en un lanzamiento de cuchillos en toda regla.

El resultado final de este tipo de experiencias suele ser un malestar general y un mal sabor de boca, a menudo unido a un gran enfado que nos hace sentir una prisa incontrolada de alejarnos de esa persona y de esa conversación incómoda cuanto antes.

Y ahora te pregunto: ¿realmente te has parado alguna vez a analizar qué es lo que ha pasado, sin juzgar ni etiquetar a la otra persona? Seguramente no, porque eso ya se sale de tu “zona de confort” y no te han enseñado nunca a observar, analizar y resolver ese tipo de situaciones, de otra forma que no sea salir corriendo o dar un portazo.

Los seres humanos recibimos durante el día miles de datos externos que captamos a través de nuestros sentidos, filtramos en nuestra mente, procesamos según nuestras interpretaciones personales basadas en experiencias anteriores o en lo que eso nos transmite en ese preciso instante y eso causa en nosotros una emoción que nos hace enviar una respuesta hacia el exterior. Todo este proceso conforma “nuestra” interpretación de la realidad, personal y subjetiva y la forma en la que respondemos ante lo que percibimos.

Seguro que te has encontrado en muchas situaciones en las que has hecho lo mismo que otras personas (como ver una película o montar en una montaña rusa) y cada una lo habéis vivido de forma totalmente distinta.

Pues con la interpretación de la realidad ocurre exactamente igual. Cada uno experimenta las cosas de una forma diferente a los demás y tiene una respuesta diferente ante ellas. Y cuando hablamos de relaciones personales la cosa se complica todavía más, porque los seres humanos tendemos a juzgar y etiquetar todo y a todos, como si fueran elementos de un catálogo de compra por correo.

Lo que quiero transmitirte aquí es el significado de ese enfado que has sentido al terminar gritando a tu interlocutor. La vida te ha puesto delante un espejo para que veas reflejado en él algo tuyo, te des cuenta y aprendas a gestionarlo para corregirlo (o no, según sea el caso). Lo que está claro, es que si algo de otro te molesta, sí que tienes que mirarte hacia dentro y analizar lo que te pasa (¡a ti, no al otro!).

Generalmente cuando hay algo que no te gusta en la persona que tienes enfrente, suele ocurrir que estás rechazando algo que no te gusta de ti mismo y ese algo es precisamente un punto al que no le estás prestando atención.

Tener a alguien así delante es un regalo para ti, porque te da la oportunidad de fijarnos en qué es lo que te ocurre que te hace reaccionar de esa forma. Por ejemplo. Tu madre te grita cuando hablas. Aquí pueden ocurrir dos cosas:

  1. Que tu hayas gritado en algún momento a otra persona y luego te hayas sentido mal, porque eso es algo que en el fondo no te gusta hacer.
  2. Que te reprimas el devolverle a tu madre el grito, por respeto o por no empeorar más las cosas.

Nos podemos ir a cualquiera de los polos opuestos que conforman la misma línea. Lo rechazo porque yo hago lo mismo y porque eso es algo que realmente no me gusta de mí, o lo rechazo porque yo no me permito hacer precisamente eso que no me gusta de la persona que me lo está haciendo a mí.

Lo difícil es encontrar el punto medio de equilibrio y ese punto es precisamente el estado ideal en el que deberíamos situarnos en todo momento.

Bien, hasta aquí lo entiendo. Ahora, cómo lo gestiono.

Pues nada más sencillo que parándote por unos segundos y escuchando a tu cuerpo. Eso lo primero de todo. Porque si prestas atención, te darás cuenta que tu cuerpo te envía señales unos segundos antes de que empieces a sentir la emoción que te va a hacer sentirme incómodo.

Antes de que estalles y te pongas a rugir como un león, párate unos segundos, respira profundamente y fíjate en las sensaciones de tu cuerpo (sudor en las manos, agitación general, enrojecimiento y calor en la cara….). Una vez tomes consciencia de todas estas señales, piensa: “qué es lo que estoy recibiendo para reaccionar así”. Analiza con amabilidad y cariño eso que estás recibiendo. Es un regalo para ti y te va a enseñar mucho sobre ti mismo. Piensa en alguna situación en la que tú hagas lo mismo con otra persona, o en la que tú reprimas eso que te están haciendo a ti en ese momento. Finalmente acepta lo que está ocurriendo en tu interior, sin juzgarlo, simplemente está ocurriendo así ahora mismo y no pasa nada, es parte de ti y es la mejor forma en la que puedes responder con los recursos que tienes en este preciso instante.

Se trata de que con el tiempo y la práctica (que cuesta mucho realizar, no te voy a engañar), dejes de reaccionar impulsivamente a las cosas que te pasan en la vida, y puedas interactuar con ellas desde otro sitio más amable y más en línea con una situación de equilibrio emocional. Se trata de que elijas como “reaccionar conscientemente” ante cualquier situación en tu vida.

Al principio te va a resultar muy difícil realizar esta práctica, pero nada es imposible y solo con conseguir escuchar las señales de tu cuerpo antes de enfadarte, ya habrás dado un gran paso.

Recuerda la “ley de los 21 días”. Tardamos 21 días en instaurar un nuevo hábito en nuestra vida, pero una vez lo hayamos hecho, es difícil volver marcha atrás. Es como aprender a conducir. La primera vez te parece imposible, pero al cabo de un tiempo lo haces tan automáticamente que a veces no sabes ni cómo has llegado a tu destino…

Te invito a que pruebes a poner en práctica todo lo que te he contado y me cuentes los resultados. ¡Me encanta que me cuentes cada uno de tus pequeños grandes logros! Recuerda celebrar siempre cada uno de ellos. Y si te ha sido de utilidad este artículo, no dudes en compartirlo con tus seres queridos en las redes sociales.

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